¿Sabías que .....
en el futuro, podremos predeterminar la inteligencia de nuestros
hijos?
Un nuevo estudio aclara cómo funciona la memoria y
plantea la inquietante pregunta sobre si debemos usar la genética para
hacernos más inteligentes
Fuente: TIME. 08 de Septiembre de 1999
Por MICHAEL D. LEMONICK
(TIME)
-- A primera vista, la pequeña criatura peluda de color marrón
encerrada en una jaula del departamento de Biología Molecular de la
Universidad de Princeton, parece un ratón común y corriente. Olfatea su
entorno, se trepa a los barrotes, escarba entre la viruta del suelo,
come, evacua y duerme.
Pero una vez que se le somete a unas pruebas en el laboratorio, queda
claro que no tiene nada de corriente. Una tras otra, el roedor va
cumpliendo casi todas las tareas diseñadas para medir su capacidad
mental y, en casi todas las pruebas, aprende más rápidamente, recuerda
lo que aprendió durante más tiempo, y se adapta a cambios en su entorno
mejor que un ratón normal.
Sin duda, se trata de un super-ratón, aunque no de otro mundo. Es el
resultado de los experimentos de un grupo de científicos de Princeton,
el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, según sus siglas en
inglés) y la Universidad de Washington, que se las ingeniaron para
modificar el ADN del ratón -o, para ser más exactos, el de sus
antepasados genéticos- de manera que alteraron las reacciones entre las
neuronas escondidas en las profundidades de su minúsculo cráneo.
El resultado, sostienen sus creadores, es una raza de ratón más
inteligente que sus parientes cercanos, a la cual llamaron "Doogie" por
el protagonista precoz de la serie televisiva norteamericana "Doogie
Howser, M.D." Además, señalan los científicos en el último número de la
revista Nature, "nuestros resultados sugieren que podría ser factible
mejorar genéticamente atributos mentales y cognitivos como la
inteligencia y la memoria en los mamíferos".
La audacia de esta declaración generó una ola de críticas entre sus
colegas, que consideraron las conclusiones innecesarias y exageradas. Y
es fácil entender por qué: hace tiempo que la teoría del origen
genético de la inteligencia desata pasiones violentas, como lo
demostraron las acusaciones de racismo dirigidas contra Richard
Herrnstein y Charles Murray, autores de The Bell Curve (La curva de
resultados), un polémico estudio de la relación entre el coeficiente de
inteligencia y la raza.
El concepto mismo de inteligencia es sumamente resbaladizo, ya que
implica una mezcla de distintas cualidades, algunas de ellas difíciles
de entender (como la creatividad), y otras más definidas (como la
habilidad de resolver problemas). "Este estudio es muy importante",
dice Eric Kandel, del Instituto Médico Howard Hughes de la Universidad
de Columbia, pero también advierte: "La inteligencia abarca muchos
genes, muchas variables. Depende de una gran cantidad de factores".
Puede que Doogie no sea el Einstein de los roedores -así piensan
algunos medios-, pero la mayoría de los psicólogos y neurobiólogos
coinciden que su capacidad para memorizar y aprender es superior a los
ratones normales, lo cual podría tener consecuencias importantes. Este
hecho indica que, a pesar de la insondable distancia entre el ratón y
el hombre, estas investigaciones podrían conducir a descubrimientos
médicos importantes para los seres humanos tales como terapias para
tratar trastornos de aprendizaje y memoria, incluyendo el mal de
Alzheimer, una condición que seguramente seguirá afectando a la
población de los EE. UU. a medida que envejece. Los científicos de
Princeton ya han comenzado a conversar con las empresas farmacéuticas
para comercializar su trabajo.
La investigación, como es de esperar, también plantea la posibilidad de
que personas sanas intenten mejorar su rendimiento o, más
probablemente, el de sus hijos, una perspectiva que ya tiene a los
teóricos de la bioética meditando afanosamente sobre el tema.
El potencial terapéutico es tan sólo una de las implicaciones
fundamentales de estas nuevas investigaciones. La más inmediata
consecuencia -y, por el momento, más importante- del estudio es lo que
ofrece a los neurobiólogos sobre la naturaleza de la memoria y cómo
funciona, un misterio que se ha ido revelando gradualmente durante las
últimas décadas. Pero una cosa queda clara: la memoria es fundamental
para la conciencia humana. Según Janellen Huttenlocher, profesora de
Psicología de la Universidad de Chicago: "Desde la percepción hasta el
pensamiento, casi todo lo que hace el ser humano depende continuamente
de la memoria".
No podía ser de otra manera, ya que el presente realmente no existe. Al
leer esta oración, la anterior ya pertenece al pasado. La primera línea
de este artículo ya quedó atrás hace varios minutos, pero si no
recordásemos lo que hemos leído hasta aquí, lo que sigue no tendría el
menor sentido. Lo mismo ocurre con la vida. La memoria proporciona un
contexto personal, un sentido del yo y del conocimiento de la gente y
del entorno; nos da un pasado, un presente, y un marco de referencia
para el futuro.
Pero así como los psicólogos e investigadores han llegado a considerar
a la memoria como el eje de nuestra existencia mental, también han
aprendido que no es un solo fenómeno. James McGaugh, director del
Centro para la Neurobiología del Aprendizaje y la Memoria de la
Universidad de California en Irvine explica que "nuestro cerebro no
cuenta con un sistema de memoria sino con varios sistemas de memoria
que cumplen papeles distintos".
Cuando todo va bien, estos sistemas funcionan al unísono. Cuando
andamos en bicicleta, por ejemplo, un grupo de neuronas nos permite
recordar cómo manejarla, mientras que otro nos enseña cómo llegar a tal
o cual lugar. Un tercer grupo nos pone nerviosos al recordar la última
vez que nos caímos. Pero aunque la experiencia se vaya reconstruyendo
pieza por pieza, como la construcción de un enorme edificio invisible
dentro del cerebro, ni nos damos cuenta de lo que está ocurriendo.
Los investigadores tampoco habrían llegado a analizar la naturaleza
fragmentaria de la memoria sin haber estudiado casos de pacientes cuyas
memorias habían sufrido daños o lesiones.
El caso más célebre es el de un hombre conocido como H.M. En 1953,
cuando tenía 27 años, H.M. fue sometido a una cirugía radical en el
cerebro para curar una condición grave de epilepsia. La operación curó
su epilepsia, pero le privó de parte de sus lóbulos temporales y de una
estructura llamada el hipocampo. El resultado fue que se quedó
incapacitado para crear nuevos recuerdos. H.M., aún vivo, posee una
memoria a corto plazo relativamente buena: cuando se le presenta a una
persona desconocida, recuerda su nombre y otra información pero sola
mientras dura la conversación. Si la persona se va, H.M. no recordará
haberle conocido si vuelve a verla. H.M. no tiene recuerdos permanentes
de nada que haya ocurrido después de la cirugía. Para él sigue siendo
1953, y el hombre anciano que lo contempla desde el espejo poco se
parece al joven que aún cree ser.
Esta afección ha convencido a los científicos que el lóbulo temporal
medio y el hipocampo son fundamentales en la transformación de la
memoria a corto plazo en recuerdos permanentes, los cuales deben quedar
almacenados en otra parte. De no ser así, H.M. también los habría
perdido.
Sin embargo, un notable experimento realizado en 1962 por la psicóloga
canadiense Brenda Milner demostró que H.M. puede, en efecto, formar
nuevos recuerdos, pero sólo de un tipo muy específico. Durante muchos
días seguidos, Milner le pidió que hiciera un dibujo enfrente de un
espejo. Para H.M., la tarea era una novedad cada vez que la hacía.
Pero a medida que pasaron los días, su rendimiento mejoró. Era evidente
que alguna parte de su cerebro retenía el recuerdo de una sesión
anterior. Este clase de recuerdo es conocido como un recuerdo
"implícito", en lugar de uno "explícito" o consciente. Las personas que
padecen el mal de Alzheimer exhiben la misma conducta y, por
casualidad, el lóbulo temporal medio es la primera región del cerebro
afectada por esta devastadora enfermedad.
En los pacientes con mal de Huntington, en cambio, la enfermedad
destruye el ganglio basal. Y aunque todas las víctimas tienen intactos
sus sistemas de memoria explícita, no pueden aprender nuevas
habilidades motoras.
Los pacientes con el mal de Alzheimer pueden aprender a dibujar en un
espejo, pero no recuerdan haberlo hecho. Los pacientes con mal de
Huntington no pueden aprender, pero recuerdan haberlo intentado.
Aparentemente, otra región del cerebro, un pequeño nudo de tejido
neural, del tamaño de un almendro, llamado la amígdala, cumple un papel
crucial en la formación y la estimulación del recuerdo de una subclase
de memorias que está ligada a las emociones fuertes, especialmente el
temor. El hipocampo nos permite recordar haber tenido miedo, mientras
que la amígdala aparentemente evoca la sensación física que acompaña al
recuerdo.
Estas son apenas algunas de las principales distinciones entre varios
tipos de recuerdos. Dentro de la memoria implícita (también conocida
como la memoria "no declarativa") existen varias subcategorías; una de
ellas es la memoria asociativa, el fenómeno que llevó a los famosos
perros de Pavlov a salivar cada vez que oían sonar una campana, cuyo
sonido habían aprendido a asociar con los alimentos. Otra subcategoría
es la de habituación, que nos permite archivar inconscientemente los
rasgos permanentes del entorno, ayudándonos a concentrarnos en lo nuevo
y lo diferente cuando tenemos una nueva experiencia en ese entorno.
Dentro de la memoria explícita o "declarativa", en cambio, existen
subsistemas específicos que archivan formas, texturas, sonidos,
rostros, y nombres; incluso hay sistemas que nos permiten recordar
sustantivos en lugar de verbos. Estas memorias se alojan en la corteza
del cerebro, dentro de su rugosa capa externa, un componente del
cerebro que es mucho más compleja en los seres humanos que en las
especies menores. Los expertos en imágenes del cerebro están en las
etapas iniciales de comprensión de lo que ocurre en cada lugar y cómo
todos los elementos se juntan para formar un todo coherente.
En consecuencia, lo que parece ser una memoria sencilla resulta ser una
construcción compleja. Cuando pensamos en la palabra "martillo", por
ejemplo, el cerebro enseguida genera una imagen mental compuesta del
nombre de la herramienta, su apariencia, su función, su peso y el
sonido que emite el golpe, y cada elemento viene de un lugar distinto
del cerebro. Cuando no asociamos el nombre de una persona con su
rostro, por ejemplo, estamos frente a una falla del proceso de
composición que muchos comenzamos a experimentar después de los 20 años
y que comienza a preocuparnos de verdad después de los 50.
La erosión de la memoria y la pérdida simultánea de la capacidad para
aprender cosas nuevas fue lo que llevó a Joe Tsien, un biólogo
molecular de Princeton, a los experimentos publicados la semana pasada.
Según Tsien, "esta pérdida de funciones, que depende de la edad, está
presente en muchos animales y comienza con la llegada de la madurez
sexual".
Lo que permite la formación de recuerdos -algo que deja de funcionar
con la edad, las lesiones o la enfermedad- se conoce como
"plasticidad". Es obvio que algo cambia en el cerebro cuando aprendemos
y recordamos cosas, pero es igual de obvio que el órgano no cambia su
estructura general ni fabrica neuronas al por mayor. En cambio, son las
conexiones entre las nuevas células -y especialmente la fuerza de estos
lazos- las que se modifican como resultado de la experiencia. Si
escuchamos una palabra una y otra vez, la activación repetida de
ciertas células en un determinado orden facilita después la repetición
del patrón de activación. Es el patrón mismo el que representa cada
recuerdo específico.
Cómo se produce este refuerzo fue un verdadero rompecabezas durante
gran parte de este siglo. Pero en 1949, el psicólogo canadiense Donald
Hebb aportó un concepto relacionado. Dado que la mayoría de los
recuerdos están compuestos por elementos dispares que se unen -pensemos
de nuevo en el martillo- el fenómeno no puede limitarse a una señal
eléctrica de una célula cerebral que provoca la respuesta de otra. Algo
en el cerebro debe estar actuando como "detector de coincidencias",
observando desde una óptica bioquímica que dos neuronas se están
activando simultáneamente y coordinando dos tipos de información
diferentes.
Durante la última década, los neurofisiólogos han investigado una
molécula que podría representar al menos una versión de los detectores
de coincidencias de Hebb. Esta sustancia, llamada N-metil D-aspartato
(NMDA), se encuentra en los extremos de las dendritas, las largas ramas
que se extienden desde las células nerviosas y cerebrales. El NMDA
permanece ahí, esperando responder a las señales entrantes. Al igual
que otras moléculas receptoras, el NMDA reacciona a una señal química
-el glutamato, en el caso del aprendizaje y la formación de los
recuerdos- emitida por el axón de una célula vecina.
Pero a diferencia de otros receptores, el NMDA requiere una señal
adicional: también tiene que recibir una descarga eléctrica de su
propia célula; el receptor del NMDA sólo funciona cuando ambas células
se comunican entre sí. El proceso permite que iones de calcio fluyan al
interior de la célula anfitriona, lo cual facilita -aunque todavía no
se sabe cómo- la activación de la célula la siguiente vez. Se cree que
este fenómeno, conocido como potenciación a largo plazo, es la clave de
una clase de formación de recuerdos.
El papel que cumple el NMDA en el aprendizaje y la memoria no es algo
simplemente teórico. Desde hace años se sabe que, al bloquear los
receptores NMDA con drogas, o al eliminarlos completamente a nivel
genético, los animales pierden la capacidad para aprender y hasta se
vuelven amnésicos. A su vez, la administración de drogas que estimulan
los receptores mejora la memoria.
Tsien y su equipo tomaron el próximo paso lógico de este proceso. El
neuropsiquiatra Dr. Robert Malenka de la Universidad de Stanford dice:
"Si hubiésemos preguntado, hace una década, '¿Sería posible manipular
las funciones cognitivas superiores como el aprendizaje y la memoria,
al cambiar una sola molécula?', la mayor parte de los científicos nos
habrían mirado como si estuviésemos locos".
Sin embargo, eso es precisamente lo que hizo el equipo de Tsien. Se
concentraron no sólo en el receptor NMDA, sino en NR2B, uno de sus
componentes específicos. NR2B se encuentra principalmente en el
prosencéfalo y en el hipocampo (donde se forman los recuerdos
explícitos a largo plazo), y es especialmente activo en los animales
jóvenes (que son buenos para el aprendizaje) y menos activo en los
adultos (que no lo son). Los investigadores incorporaron el gen creador
del NR2B al ADN de embriones de ratones comunes para generar la cepa a
la que llamaron "Doogie".
Luego sometieron a los animales a una serie de pruebas para medir su
aptitud. En una de ellas, les aplicaron electricidad en una pata
mientras estaban en una caja; después de varios intentos, los animales
mostraron señales de temor por el simple hecho de encontrarse allí,
habiendo aprendido que poco después vendría la descarga eléctrica. De
modo similar a los perros en los experimentos de Pavlov, los ratones
aprendieron a tener miedo cuando sonaba una campana, porque significaba
la inminente llegada de otra descarga eléctrica.
En todos los casos, los Doogies aprendieron más rápidamente que sus
parientes normales. Lo mismo sucedió con una prueba en la cual se
colocó un objeto nuevo enfrente del ratón. Los científicos presentaron
dos juguetes de plástico a todos los ratones, dejando que se
familiarizaran con ellos. Pero cuando reemplazaron un juguete con uno
nuevo, los ratones "Doogies" mostraron un interés especial en el
juguete nuevo, mientras que los ratones normales exhibieron la misma
curiosidad por el objeto familiar que por el nuevo.
Según Tsien, los ratones modificados, al crecer, parecen a y actúan de
manera similar a los ratones comunes, sin sufrir ataques o
convulsiones. Este aspecto es crucial porque el receptor NMDA se
encuentra en todo el cerebro y, aunque el calcio es crucial para el
aprendizaje y la memoria, en grandes cantidades contribuye a la
destrucción de células. Eso es precisamente lo que sucede durante una
embolia. Cuando las células cerebrales carecen de oxígeno liberan
grandes cantidades de glutamato, que sobreestimulan a los receptores
NMDA cercanos y destruyen sus células anfitrionas. Por esta razón es
posible que la naturaleza haya diseñado los receptores basados en el
NR2B del cerebro adulto para que se apaguen poco a poco. Algunos
científicos temen que los ratones modificados puedan ser proclives a
las embolias. "Sería lógico preocuparse por lo que podría suceder
cuando estos animales envejezcan", dice el neurocientífico Larry
Squire, de la Universidad de California en San Diego.
La muerte prematura de las células no es la única complicación posible.
Robert Malenka, de Stanford, ha demostrado que el receptor NMDA tiene
que ver con la sensibilidad que el cerebro desarrolla ante drogas como
la cocaína, la heroína y las anfetaminas. Otros están investigando su
participación como detonante de dolores crónicos. Ambas cosas indican
que quizás no sea sensato tratar de engañar a la Madre Naturaleza.
De todos modos, todavía falta tiempo para que estos peligros se
concreten, y tal como han descubierto quienes investigan el cáncer,
tampoco es seguro que lo que funciona en los ratones haga lo propio en
los seres humanos. Sin embargo, Tsien y sus colegas opinan que es
factible. "El receptor NMDA en los humanos es casi idéntico al de los
ratones, ratas, gatos y otros animales", dice. "Y creemos que
probablemente desempeñe un papel semejante".
Aun así, Tsien no ha pensado probar su teoría con genes humanos, ni
podría, dadas las actuales normas éticas. Por otro lado, los
medicamentos que podrían estimular la acción de la molécula NR2B sí son
aceptables y ya se han considerado. "Princeton ha solicitado una
patente de uso para este gen", dice Tsien, admitiendo los contactos
realizados con las empresas farmacéuticas, pero aclara que "no nos
proponemos patentar al gen en sí".
Aún resta responder a la inquietante pregunta de si Tsien y su equipo
han creado un ratón más inteligente. "¿Qué es lo que se intenta
probar?", pregunta Gerald Fischbach, director del Instituto Nacional de
Trastornos Neurológicos y Embolias. "Ese es el problema con el
comportamiento del ratón. No queda claro si estamos hablando de la
misma cosa al hablar del aprendizaje de roedores y de seres humanos".
Tsien sabía que usar la palabra "inteligencia" generaría controversia.
"Realmente no quisimos sugerir que la inteligencia humana es igual a la
inteligencia animal. Pero sostengo que la resolución de problemas es
parte de la inteligencia y que el aprendizaje y la memoria son factores
clave. Estos ratones aprenden mejor y tienen mejor memoria que los
demás".
Ni siquiera Tsien sostiene que su equipo ha descubierto la única clave
genética para la inteligencia o incluso para la memoria. "Es probable
que la plasticidad cerebral depende de muchas moléculas, y ésta es sólo
una de ellas", explica. Pero también afirma algo que ni sus detractores
podrían rechazar: "La inteligencia es biológica, al menos en parte".
Hasta dónde lo es sigue siendo la gran pregunta. Cualquiera que sea la
respuesta, el pequeño Doogie representa un paso importante para saber
qué papel juegan nuestros genes en la formación no sólo de la memoria,
sino de todos los demás atributos de la mente humana. Y está claro que
Doogie no será el último intento.